Un viejo suelto en el mar
En el mapa es más pequeño que una grajea, pero fue el refugio de estrellas, probos pescadores, un príncipe y, en especial, de Hemingway. Escrito y fotografiado por Luis Paucar Temoche EL ALTO, Piura – Todos se detuvieron a esperarlo cuando el avión empezó a descender sobre la pista del aeropuerto. Una mañana de comienzos de otoño, el 16 de abril de 1956, Ernest Hemingway apareció sonriente a la puerta del avión Douglas DC-7B de la aerolínea Pan-American Grace, en Talara, una ciudad del noroeste peruano, con la elegancia de un turista que zarpa en busca de relajo. Eran las siete y media de la mañana, y el escritor lucía una barba blanca de varios días; se había puesto un saco caqui a cuadros, una camisa azul que le quedaba entallada, y una corbata larga que acomodaba con cuidado cada cierto tiempo. A ratos saludaba a los periodistas. “Ernest, Ernest, Ernest”, decían ellos y soltaban los flashes de sus cámaras antiguas. “Infló sus carri...